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  1. #1CAPÍTULO 1: LA SOMBRA DE LA NOCHE El crujido del mármol bajo mis pies descalzos era el único sonido en el palacio, una melodía fúnebre para mis pasos furtivos en medio de la noche. La oscuridad, mi única aliada, envolvía los vastos pasillos como un manto protector, un refugio de las miradas que rara vez me alcanzaban. Nadie me veía, nadie me oía, y, sinceramente, casi nadie me recordaba. Era Lilit, la sombra en la periferia de la vida de mi familia, el jarrón olvidado en un rincón que, si se rompía, siempre podían intentar pegar los pedazos sin importar cuán grandes fueran las grietas.Desde que tengo memoria, mi existencia ha sido un susurro en medio de un coro ruidoso. En las grandes cenas, donde las risas y los brindis resonaban como ecos vacíos, yo era la silla extra que se retiraba antes de que los invitados llegaran. En las festividades, yo era la sirvienta silenciosa que apuraba el paso para no ser vista, asegurándose de que todo estuviera perfecto para aquellos que sí importaban. Mi nombre, Lilit, parecía pronunciarse solo en murmullos de reproche o, peor aún, con un silencio cargado de indiferencia. Mi padre, el Duque, un hombre cuya voz imponía respeto en toda la región, nunca posó sus ojos en mí con algo que no fuera una fugaz impaciencia. Mi madrastra, con su sonrisa helada, parecía verme solo como una imperfección en el decorado de su hogar, una espina que, si molestaba, debía ser arrancada sin contemplaciones. Mis medio hermanos, tan parecidos a su madre, aprendieron desde pequeños a ignorarme o a usarme como blanco de sus crueldades más sutiles. Ayer, se suponía que era mi cumpleaños. Un día que, como todos los demás, pasó desapercibido. No hubo felicitaciones, ni un gesto amable, ni siquiera el recuerdo de mi existencia. Me acerqué al despacho de mi padre al anochecer, con una esperanza tonta y pueril aferrada a mi pecho, la vana ilusión de un reconocimiento mínimo, de una simple pregunta que validara mi presencia. No buscaba regalos, ni fiestas, solo una señal, un atisbo de que la sangre que corría por nuestras venas significaba algo más que una carga perpetua. Me detuve al oír voces provenientes del estudio. Las puertas estaban entornadas, y el murmullo de mi padre y mi tío se filtraba en el pasillo, una corriente subterránea de conspiración. Me quedé paralizada, incapaz de moverme, incapaz de respirar, atraída por una fuerza fatal hacia esa intimidad ajena. Y entonces, lo escuché. La voz de mi tío, con un tono de pragmatismo cruel, desprovisto de cualquier atisbo de afecto familiar: "Es hora de deshacernos de esta carga, hermano. No nos sirve de nada, solo nos da problemas y nos recuerda el error." Mi padre respondió, con una frialdad que me heló la sangre hasta los huesos, más cortante que cualquier látigo: "Tienes razón. La enviaremos lejos. Casaremos a esta... carga... con el viejo emperador de Japón. Así no será una molestia para nosotros, y nosotros, a cambio, nos aseguraremos un buen provecho." No podía creer lo que oía. ¿Mi vida, mi futuro, mi existencia entera, reducida a una mercancía para ser vendida a un hombre anciano en una tierra tan remota y desconocida? ¿"Carga"? ¿"Molestia"? Las palabras se clavaron en mi mente como astillas de hielo, deshumanizandome. por completo. La idea de ese destino, de ese matrimonio forzado con un desconocido que solo me vería como un objeto de intercambio, me provocó un terror helado que me recorrió el cuerpo. En ese instante, la invisibilidad que tanto me había oprimido, la indiferencia que había sido mi constante compañera, se transformó en mi única y desesperada vía de escape. No hubo lágrimas, solo una resolución fría y absoluta que nació en las profundidades de mi alma. Tenía que irme. Ahora. Mientras el palacio dormía en un letargo inconsciente, yo me deslizaba hacia la libertad. Mis movimientos eran calculados, cada sombra mi aliada, cada crujido silenciado. Solo llevaba una pequeña bolsa de seda con las pocas pertenencias que pude reunir
  2. #2CAPÍTULO 1: LA SOMBRA DE LA NOCHE El crujido del mármol bajo mis pies descalzos era el único sonido en el palacio, una melodía fúnebre para mis pasos furtivos en medio de la noche. La oscuridad, mi única aliada, envolvía los vastos pasillos como un manto protector, un refugio de las miradas que rara vez me alcanzaban. Nadie me veía, nadie me oía, y, sinceramente, casi nadie me recordaba. Era Lilit, la sombra en la periferia de la vida de mi familia, el jarrón olvidado en un rincón que, si se rompía, siempre podían intentar pegar los pedazos sin importar cuán grandes fueran las grietas.Desde que tengo memoria, mi existencia ha sido un susurro en medio de un coro ruidoso. En las grandes cenas, donde las risas y los brindis resonaban como ecos vacíos, yo era la silla extra que se retiraba antes de que los invitados llegaran. En las festividades, yo era la sirvienta silenciosa que apuraba el paso para no ser vista, asegurándose de que todo estuviera perfecto para aquellos que sí importaban. Mi nombre, Lilit, parecía pronunciarse solo en murmullos de reproche o, peor aún, con un silencio cargado de indiferencia. Mi padre, el Duque, un hombre cuya voz imponía respeto en toda la región, nunca posó sus ojos en mí con algo que no fuera una fugaz impaciencia. Mi madrastra, con su sonrisa helada, parecía verme solo como una imperfección en el decorado de su hogar, una espina que, si molestaba, debía ser arrancada sin contemplaciones. Mis medio hermanos, tan parecidos a su madre, aprendieron desde pequeños a ignorarme o a usarme como blanco de sus crueldades más sutiles. Ayer, se suponía que era mi cumpleaños. Un día que, como todos los demás, pasó desapercibido. No hubo felicitaciones, ni un gesto amable, ni siquiera el recuerdo de mi existencia. Me acerqué al despacho de mi padre al anochecer, con una esperanza tonta y pueril aferrada a mi pecho, la vana ilusión de un reconocimiento mínimo, de una simple pregunta que validara mi presencia. No buscaba regalos, ni fiestas, solo una señal, un atisbo de que la sangre que corría por nuestras venas significaba algo más que una carga perpetua. Me detuve al oír voces provenientes del estudio. Las puertas estaban entornadas, y el murmullo de mi padre y mi tío se filtraba en el pasillo, una corriente subterránea de conspiración. Me quedé paralizada, incapaz de moverme, incapaz de respirar, atraída por una fuerza fatal hacia esa intimidad ajena. Y entonces, lo escuché. La voz de mi tío, con un tono de pragmatismo cruel, desprovisto de cualquier atisbo de afecto familiar: "Es hora de deshacernos de esta carga, hermano. No nos sirve de nada, solo nos da problemas y nos recuerda el error." Mi padre respondió, con una frialdad que me heló la sangre hasta los huesos, más cortante que cualquier látigo: "Tienes razón. La enviaremos lejos. Casaremos a esta... carga... con el viejo emperador de Japón. Así no será una molestia para nosotros, y nosotros, a cambio, nos aseguraremos un buen provecho." No podía creer lo que oía. ¿Mi vida, mi futuro, mi existencia entera, reducida a una mercancía para ser vendida a un hombre anciano en una tierra tan remota y desconocida? ¿"Carga"? ¿"Molestia"? Las palabras se clavaron en mi mente como astillas de hielo, deshumanizandome. por completo. La idea de ese destino, de ese matrimonio forzado con un desconocido que solo me vería como un objeto de intercambio, me provocó un terror helado que me recorrió el cuerpo. En ese instante, la invisibilidad que tanto me había oprimido, la indiferencia que había sido mi constante compañera, se transformó en mi única y desesperada vía de escape. No hubo lágrimas, solo una resolución fría y absoluta que nació en las profundidades de mi alma. Tenía que irme. Ahora. Mientras el palacio dormía en un letargo inconsciente, yo me deslizaba hacia la libertad. Mis movimientos eran calculados, cada sombra mi aliada, cada crujido silenciado. Solo llevaba una pequeña bolsa de seda con las pocas pertenencias que pude reunir
Art Style: Korean Digital
Color Mode: Full Color
Panels: 2
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Manga Story #1653 - AI Manga | Mangii | Mangii