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Prompt: “La lluvia caía con fuerza sobre el techo de zinc, marcando un ritmo constante que llenaba los silencios. Afuera, el barrio estaba a oscuras.
—Se fue la luz otra vez —dijo Marcel desde el sofá, como si anunciara algo obvio.
—¿Otra vez? Qué sorpresa… —respondió Ariel, estirado en una silla, con una sonrisa floja.
Un relámpago iluminó por un segundo la sala. La casa de la abuela de Hansler parecía otra bajo esa luz: vieja, amplia, con muebles que no combinaban pero que llevaban años en el mismo lugar.
Era su sitio.
Siempre lo había sido.
—Deja la lloradera —soltó Hansler desde la ventana—. Al menos aquí no joden.
Y tenía razón. Nadie pasaba a molestar, nadie preguntaba, nadie interrumpía. Era el único lugar donde podían estar todos sin explicaciones.
—Porque es tu casa, claro —murmuró Karel, apoyado en la pared.
—No es mía —respondió Hansler sin mirarlo—. Pero es como si lo fuera.
Javi, sentado cerca de la mesa con una linterna apoyada, observaba en silencio. Tenía un libro abierto que ya no estaba leyendo.
—Es lo más cercano que tenemos a un cuartel general —dijo finalmente.
—Mira este… —se rió Marcel—. Ya empezó.
—Cállate, tú eres el primero que viene cuando hay comida —añadió Duviel desde el piso.
—Y tú el primero que come —respondió Marcel sin dudar.
—Ese chiste fue malísimo —dijo Karel.
—Todos tus chistes son malos —remató Ariel.
—Pero se ríen igual.
—Por lástima.
David, sentado en una esquina, soltó una risa baja. No hablaba mucho, pero estaba cómodo. Eso se notaba.
—Oye —dijo Ariel, mirándolo—, tú sí te ríes. Eres el único con sentido del humor aquí.
David levantó los hombros, sonriendo un poco más.
—Es que me dan risa… no sé.
—Claro, porque no entiendes —dijo Karel.
—Déjalo tranquilo —intervino Javi—. Al menos uno aprecia el esfuerzo.
—Gracias, Javi —dijo Marcel, llevándose la mano al pecho de forma dramática.
—No te emociones.
Un trueno sacudió la casa. Por un momento, todos guardaron silencio.
La lluvia seguía cayendo.
—Bueno… ¿y ahora qué? —preguntó Duviel—. Sin luz, sin internet… estamos en la prehistoria.
—Habla por ti —dijo Hansler—. Yo no dependo de eso.
—Claro, tú naciste en el siglo XVIII.
—Y tú en el circo.
—Ese tampoco dio risa —añadió Karel.
—Tú no das risa nunca —respondió Duviel.
—Cállense ya —dijo Marcel de repente, levantándose—. Tengo algo.
—Ahí viene el problema —murmuró Javi.
Marcel se acercó a su mochila y empezó a rebuscar.
—Me prestaron esto hoy.
—¿Quién? —preguntó Ariel.
—No sé.
—¿Cómo que no sabes? —dijo Hansler, girándose.
—Un tipo… X.
—Buenísima explicación —dijo Karel.
Marcel sacó una caja. Era un juego.
Viejo. Oscuro. La portada apenas se distinguía con la luz tenue de la linterna.
—¿Qué es eso? —preguntó Duviel, acercándose.
—Un juego —respondió Marcel—. De fantasía… creo.
Javi entrecerró los ojos.
—¿Y lo aceptaste sin más?
—Relájate, no es una bomba.
—Eso decían antes de…
—Javi —lo cortó Ariel—. Déjalo.
Hansler se acercó.
—A ver.
Tomó la caja. La giró. No había marca conocida, ni instrucciones visibles. Solo símbolos raros.
—Está feo —dijo.
—Eso es lo interesante —respondió Marcel.
—Seguro es una mierda —añadió Karel.
—Vamos a jugar —insistió Marcel—. ¿Qué más vamos a hacer?
—Dormir —dijo Javi.
—Aburrido.
—Pensar —añadió Karel.
—Más aburrido.
—Yo juego —dijo Duviel—. Total, ya estamos aquí.
—Yo también —añadió Ariel.
David dudó un segundo.
—Yo… también.
Todos miraron a Hansler.
Este suspiró.
—Si es una estupidez, te voy a culpar a ti —le dijo a Marcel.
—Acepto el riesgo.
Javi cerró el libro lentamente.
—Bueno… ya que.
La lluvia golpeaba más fuerte.
El juego fue colocado en la mesa.
Nadie sabía exactamente cómo funcionaba. Pero, de alguna forma, todos entendían qué hacer.
Las piezas se movieron.
Las luces parpadearon.
—¿Vieron eso? —dijo David.
—Seguro es la luz —respondió Ariel.
Pero no era la luz.
El aire se volvió pesado.
El sonido de la lluvia empezó a desaparecer… o a distorsionarse.
—Esto no me gusta —dijo Javi, levantándose.
—Tranquilo —dijo Hansler, aunque su voz no sonaba tan segura.
Un relámpago iluminó la habitación.
Pero esta vez… la luz no se fue.
Se quedó.
Demasiado tiempo.
—¿Qué…? —empezó Karel.
Y entonces todo se rompió.
No hubo explosión.
No hubo gritos.
Solo un vacío repentino.
Como si el mundo se hubiera apagado.
Silencio.
Y luego…
Oscuridad.”
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