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Prompt: La noche en la ciudad era fría y húmeda. Álvaro, un chico de 16 años, caminaba solo por las calles vacías con las manos metidas en los bolsillos de su sudadera rota. Sus padres lo habían abandonado hacía ya varios meses; una mañana simplemente no estaban, y desde entonces él sobrevivía como podía: robando comida, durmiendo en portales y caminando sin rumbo fijo. —Otra noche más solo… —murmuró para sí mismo, pateando una lata vacía que rodó por la acera—. ¿Por qué carajos me dejaron? ¿Tan inútil soy? No se dio cuenta de que, desde hacía varias cuadras, una figura delgada y silenciosa lo seguía desde las sombras. Sus pasos no hacían ruido alguno. Llegó a un pequeño parque abandonado, iluminado solo por una farola parpadeante. Álvaro se dejó caer en una banca vieja, suspirando profundamente. —Al menos aquí no hay nadie que me mire raro —dijo en voz baja, cerrando los ojos un momento—. Solo quiero descansar un rato… De repente, una voz suave y melodiosa surgió justo detrás de él: —¿Cansado, pequeño? Álvaro dio un salto y se giró bruscamente. Frente a él estaba una chica que parecía de su edad, tal vez un poco mayor. Tenía el cabello negro largo y liso, piel pálida como la luna, labios rojos intensos y ojos de un color violeta profundo que brillaban en la oscuridad. Vestía un abrigo negro largo que casi rozaba el suelo. —¿Quién… quién eres tú? —preguntó Álvaro, retrocediendo un poco en la banca—. No te escuché acercarte. La chica sonrió, mostrando apenas la punta de unos colmillos afilados. —Me llamo Irene. Y tú… hueles delicioso. ¿Cómo te llamas, chico solitario? —Álvaro —respondió él, aún confundido—. Oye, ¿estás bien? Es muy tarde para andar sola por aquí. Este parque es peligroso. Irene soltó una risa baja y musical. —¿Peligroso? Qué tierno. Tú eres el que camina solo a medianoche sin saber que alguien te sigue desde hace rato. Álvaro frunció el ceño. —¿Me estabas siguiendo? ¿Por qué? —Porque tu sangre… —Irene se acercó más, moviéndose con una gracia inhumana—… llama. Es diferente. Dulce. Exquisita. Nunca había olido algo así. Antes de que Álvaro pudiera reaccionar, Irene lo tomó por los hombros con una fuerza sorprendente. Sus ojos violeta se clavaron en los suyos. —Espera, ¿qué estás ha—? No pudo terminar la frase. Irene inclinó la cabeza con rapidez y hundió sus colmillos en el cuello de Álvaro. Él soltó un grito ahogado de dolor y sorpresa. —¡Ah! ¡Suéltame! ¿Qué mierda es esto? ¡Duele! Irene no respondió con palabras al principio. Solo se escuchaba el sonido suave de ella bebiendo. Álvaro sintió cómo su fuerza se iba drenando poco a poco. Sus brazos intentaron empujarla, pero era como intentar mover una estatua. —Para… por favor… —gimió débilmente—. No… no entiendo… Irene se separó apenas unos centímetros, con los labios manchados de rojo brillante. Sus ojos brillaban con placer. —Mmm… Tu sangre es… increíble. Dulce, con un toque de tristeza y algo más… puro. Jamás había probado algo tan exquisito en todos mis años. Eres especial, Álvaro. —¿Años? ¿De qué hablas? ¡Eres una loca! ¡Suéltame! Pero Irene sonrió con ternura extraña y volvió a morder, esta vez más suavemente. Álvaro sintió un calor extraño mezclarse con el frío del miedo. Su visión empezó a nublarse. —No… me mates… —susurró casi sin fuerzas—. Solo… estoy solo… no quiero morir así… —Shhh… No te voy a matar, mi dulce. Solo voy a llevarte conmigo. Eres demasiado valioso para dejarte aquí. Álvaro perdió el conocimiento en sus brazos. Cuando despertó, estaba en una habitación tétrica y oscura. Las paredes eran de piedra antigua, cubiertas de telarañas y marcas extrañas. Solo una vela roja encendida iluminaba el lugar desde una mesa vieja. Estaba acostado en una cama con sábanas negras, y tenía una venda improvisada en el cuello. —¿Dónde… dónde estoy? —murmuró, incorporándose con dificultad. La cabeza le daba vueltas. Una figura se acercó desde las sombras. Era Irene, ahora vestida con un vestido negro elegante y antiguo que le llegaba hasta los tobillos. —Bienvenido a mi guarida, Álvaro —dijo con voz suave, sentándose en el borde de la cama—. ¿Cómo te sientes? Álvaro retrocedió contra la cabecera de la cama, asustado. —¿Tú? ¿Qué me hiciste? ¡Me mordiste! ¡Eres… eres un monstruo! Irene inclinó la cabeza, mirándolo con curiosidad. —Vampira, para ser exactos. Y sí, bebí de ti. Pero no te preocupes, no estás muerto. Solo un poco débil. Tu sangre… Dios mío, Álvaro. Es la más deliciosa que he probado en siglos. Tiene un sabor que no puedo describir. Dulce como la miel, pero con una melancolía que la hace adictiva. ¿Sabes lo raro que es encontrar a alguien como tú? —¿Siglos? ¿Estás loca? ¡Quiero irme de aquí! ¡Mis padres…! Irene soltó una risa suave y triste. —Tus padres te abandonaron, ¿verdad? Lo leí en tu sangre. El abandono, la soledad, el dolor… todo eso le da ese toque especial. No tienes a dónde ir, Álvaro. Quédate conmigo. Álvaro la miró con los ojos muy abiertos, temblando. —¿Quedarme? ¿Para que me sigas mordiendo como a una vaca? ¡No! ¡Suéltame! Irene se acercó más y tomó suavemente su mano. Su piel estaba helada. —No como a una vaca. Como a alguien especial. Puedo cuidarte. Darte un hogar. A cambio… solo un poco de tu sangre de vez en cuando. No te dolerá tanto después de la primera vez. Y te prometo que no te mataré. Eres demasiado valioso. Álvaro tragó saliva, mirando alrededor de la habitación oscura. —¿Y si digo que no? Irene sonrió, mostrando sus colmillos otra vez. —Entonces te dejaré ir… pero volverás a estar solo en la calle. Frío, hambriento, abandonado. Aquí tienes comida, una cama, y a mí. ¿No suena mejor que caminar sin rumbo? Álvaro se quedó en silencio un largo rato, procesando todo. Finalmente, con voz temblorosa, murmuró: —¿Por qué yo? ¿Solo por mi sangre? Irene se inclinó y le acarició la mejilla con ternura fría. —Porque eres especial, Álvaro. Y porque, en el fondo, ambos estamos solos. Yo llevo siglos sola. Tú llevas meses. Tal vez… podamos acompañarnos. ¿Qué dices? ¿Me dejas probar otra vez? Solo un poquito… para sellar nuestro trato. Álvaro miró sus ojos violeta hipnóticos y, aunque el miedo seguía ahí, una extraña calidez empezó a crecer en su pecho. Por primera vez en mucho tiempo, alguien lo quería cerca… aunque fuera por su sangre. —…Solo un poquito —susurró al fin—. Pero prométeme que no me vas a matar, Irene. Irene sonrió ampliamente, acercándose a su cuello. —Te lo prometo, mi dulce Álvaro. Bienvenido a casa. Y la habitación oscura se llenó nuevamente del sonido suave de su mordida, mientras Álvaro cerraba los ojos, entre el terror y una extraña sensación de pertenencia
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Manga Story #2406 - AI Manga | Mangii | Mangii