Creation Details
Prompt: Desde mis primeros recuerdos de infancia, recuerdo a mi madre: dulce, cariñosa, poseedora de un amor inmenso. Pero había algo que la llenaba de temor, algo mucho más aterrador que cualquier castigo: el vínculo que las personas crean con los Pokémon. Conmigo era permisiva, me abrazaba, me protegía… pero jamás me dejaba acercarme a ellos. Siempre me repetía: —Si te encariñas con ellos, te pasará igual que al abuelo. En aquel entonces no entendía qué quería decir. Cada vez que intentaba hablar del tema, desviaba la conversación con un giro inesperado o, simplemente, me ignoraba. Hasta que llegó aquella noche. Y todo cambió. El clima era extremo. El viento soplaba con tal fuerza que parecía querer arrancar el techo de la casa. Mi madre estaba conmigo en la cama, aterrada ante la posibilidad de que algo cayera sobre nosotros. De pronto, una ráfaga más violenta que las demás iluminó el cielo con una luz hipnótica. No pude contener la curiosidad. Pensé, en voz baja, casi como un susurro prohibido: ¿Será que un Pokémon está emitiendo esa luz en plena tormenta? Me giré de inmediato, temiendo que mi madre hubiera escuchado la pregunta. Si lo hubiera hecho, quizá nunca habría sido entrenador. Salí de la casa y avancé más allá de los arbustos, luchando contra el viento que casi no me dejaba caminar. Y entonces lo vi. Un pequeño Charmander se enfrentaba al Pokémon legendario Tornadus, el causante de aquel viento descontrolado. La diferencia de poder era abrumadora. La pelea era brutal… y aun así, Charmander no retrocedía. Apenas di un paso cuando el pequeño Pokémon se lanzó con todo su coraje. Tornadus, sin esfuerzo alguno, respondió con una ráfaga que lo estrelló contra un árbol. Fue ahí, al presenciar aquella desigualdad monstruosa, cuando supe que no podía quedarme quieto. Pero Charmander se levantó. Y lo que hizo después me dejó sin aliento: no se alzó para vengarse, sino para mantenerse firme, protegiendo un huevo. Su determinación me dio claridad. Era el momento de actuar. Tomé una piedra y la lancé contra Tornadus. El ataque no le hizo daño, pero sí lo distrajo lo suficiente. Aproveché ese instante y grité con todas mis fuerzas: —¡Corre! No recuerdo qué pensaba en ese momento, ni las consecuencias de haber atacado no solo a un Pokémon, sino a un Pokémon legendario. Resulta casi gracioso que la primera orden que di en mi vida como entrenador fuera… huir. Corrimos entre los arbustos mientras el viento seguía golpeándonos sin piedad. Charmander, jadeante pero firme, llevaba el huevo con cuidado entre sus brazos. Yo sentía que algo dentro de mí también había cambiado. El miedo seguía ahí, sí, pero se mezclaba con algo nuevo: una chispa de decisión, de responsabilidad, de querer proteger y luchar por algo más grande que yo mismo. Esa noche entendí que ser entrenador no era solo tener Pokémon. Era tomar decisiones. Era enfrentarse al peligro. Era actuar incluso cuando todo parecía imposible. Cuando por fin llegamos a un lugar seguro, contemplé a Charmander y al huevo, con la certeza de que habíamos formado un vínculo que nadie podría romper. Quizá aún no sabía todo lo que nos esperaba. Pero algo dentro de mí lo sabía: esa sería solo la primera de muchas aventuras. El amanecer llegó sin avisar. El viento había cesado, pero el silencio que dejó era más inquietante que la tormenta. Los primeros rayos de sol se filtraban entre los árboles cuando abrí los ojos, con el cuerpo entumecido y la mente aún atrapada en lo ocurrido. Charmander dormía a mi lado. Lo hacía sentado, abrazando el huevo contra su pecho, como si incluso en sueños temiera soltarlo. Su cola ardía con una llama pequeña y estable, lo justo para mantenernos calientes durante la noche. Verlo así me provocó una mezcla de calma y vértigo. Entonces lo recordé todo de golpe. Tornadus. La huida. Mi madre. El miedo me atravesó como un relámpago tardío. —Tenemos que volver… —murmuré, más para mí que para él. Charmander abrió un ojo. No retrocedió. No gruñó. Solo me miró con una atención que no había visto jamás en ningún Pokémon salvaje. Asintió despacio, como si comprendiera el peso de esa decisión. El camino de regreso fue silencioso. Cada crujido entre los arbustos me hacía pensar que Tornadus volvería, que la tormenta no había terminado realmente. Pero el cielo estaba despejado, casi insultantemente tranquilo. Cuando la casa apareció entre los árboles, sentí un nudo en el estómago. La puerta estaba abierta. Entré despacio. El interior estaba revuelto: una silla caída, una ventana rota, cortinas desgarradas por el viento. Y en medio de todo, de pie, estaba mi madre. Tenía el rostro pálido. Sus ojos, rojos de no haber dormido, se clavaron primero en mí… y luego descendieron lentamente hasta Charmander. El tiempo se detuvo. —No… —susurró, dando un paso atrás—. No, no, no… Charmander se tensó, aferrando el huevo con más fuerza. Yo me coloqué instintivamente delante de él, aunque sabía que, si mi madre gritaba o corría, nada podría protegernos de lo que vendría después. —Mamá —dije, con la voz temblorosa—. Yo… No me dejó terminar. Sus manos comenzaron a temblar, igual que cuando pronunciaba aquella frase prohibida. Su mirada no era de rabia. Era de terror. Un terror antiguo, profundo, heredado. —Te dije que no te acercaras… —murmuró—. Te dije que pasaría lo mismo. Tragué saliva. —No pasó lo mismo —respondí, reuniendo todo el valor que me quedaba—. Él estaba defendiendo su huevo. Iba a morir. El silencio que siguió fue pesado. Mi madre cerró los ojos. Cuando los abrió, algo en ella había cambiado. Ya no miraba a Charmander… miraba el huevo. Y en su rostro apareció algo que nunca le había visto: culpa. —Entonces… —susurró—. Ya es demasiado tarde. Se sentó lentamente, como si las fuerzas la hubieran abandonado. —Es hora de que sepas la verdad sobre tu abuelo. Mi madre levantó una de las sillas que habían caído al suelo y se sentó con lentitud, como si al hacerlo se quitara un peso invisible de encima. Sus hombros descendieron, cansados, derrotados. —Todo lo que dejó tu abuelo como entrenador… —comenzó a decir, con la mirada perdida— lo dejó en la famosa región de Kanto, de donde provenía. No pudo continuar. Una ráfaga de viento constante golpeó la casa, haciendo vibrar las ventanas y sacudir las cortinas. El sonido era distinto al de la tormenta de la noche anterior… pero lo suficientemente parecido como para helarme la sangre. Charmander y yo nos miramos al mismo tiempo. El miedo me subió a la garganta y, sin poder evitarlo, grité: —¡Tornadus… regresó! Mi madre palideció. —¿Cómo que Tornadus? —respondió, poniéndose de pie de golpe—. ¿Te metiste con un Pokémon legendario? No hubo tiempo para responder. Afuera, el ruido se hacía cada vez más intenso. El aire vibraba. Nos preparamos para lo peor. Pero entonces el sonido cambió. No era viento. Era mecánico. Un helicóptero apareció sobre la casa, levantando polvo y hojas a su alrededor. Durante unos segundos nos quedamos inmóviles, asimilando lo que veíamos. No era Tornadus. No era el legendario de la noche anterior. Nos relajamos… solo un poco. Grave error. Nunca confíes en una cara bonita con supuestas ganas de aparentar amabilidad
Art Style: Dark Fantasy
Color Mode: Full Color
Panels: 2
Created: