Creation Details
Prompt: “Prólogo: La Maldición de Nagar
Antes del tiempo... cuando los cielos no conocían fronteras y la vida no distinguía entre lo divino y lo mortal, hubo una región que desafió a los dioses. Su nombre: Nagar
Nagar no siempre fue oscuridad, En sus inicios, fue una tierra de sabios, una región que buscaba el equilibrio entre humanos y Pokémon. Sus templos estaban dedicados a Ho-Oh, el ave de la vida, y Rayquaza, guardián de los cielos. Pero la ambición de los hombres siempre devora lo sagrado.
Un grupo oculto, llamado los Hijos del Abismo, creía que el poder de los legendarios no debía adorarse, sino controlarse. A través de antiguos rituales y ciencia prohibida, lograron invocar a Giratina, el desterrado, el amo del Reino Reverso. Prometieron darle libertad a cambio de su poder... y lo obtuvieron.
Con la ayuda de Giratina, desarrollaron un virus creado a partir del ADN corrupto del Reino Reverso: el temido “V-Shadow”, capaz de alterar la esencia de los Pokémon, anulando su voluntad y convirtiéndolos en armas vivientes. No solo cambiaban de apariencia, también perdían su alma.
Nagar desató su poder contra el mundo. Johto fue la primera en resistirse. Los Hijos del Abismo infectaron a Pokémon salvajes y entrenadores por igual. Las ciudades comenzaron a caer. Las rutas eran desiertos fantasmas. Los Pokémon legendarios empezaron a mutar, después..sucedió...
La Guerra del Eclipse
Durante la llamada Guerra del Eclipse, Nagar reveló su arma final: una criatura aberrante conocida como Umbraquaza, una fusión impura entre Rayquaza y Giratina, nacida del V-Shadow. Su sola existencia causaba terremotos, tormentas eternas y gritos que se escuchaban en los sueños de miles.
Pero los cielos no callaron. Los legendarios restantes del mundo Ho-Oh, Celebi, Latios, Regigigas, incluso Mew se unieron. No para proteger a los humanos… sino para detener la corrupción.
Crearon el Círculo del Silencio, un sello dimensional que encerró a Nagar en una prisión de niebla y olvido. El aire se volvió denso. La tierra se fracturó. Y los registros de esa región fueron eliminados por la Liga Pokémon. Oficialmente, Nagar nunca existió.
Una Falsa Calma en las Ruinas
Pasaron 76 años. En el mundo exterior, Nagar es solo un mito prohibido. Pero la región aún respira, olvidada bajo la niebla.
La mayor parte de Nagar es una tierra hostil: ruinas consumidas por la oscuridad, criaturas infectadas vagando sin alma, y estructuras dominadas por la energía del Reino Reverso.
Sin embargo, existe un solo lugar que permanece intacto...
Capítulo 1: La Chispa de un Nuevo Amanecer
El silencio de la madrugada en Aurelia era un manto suave, roto solo por el canto distante de los Noctowl y el susurro del viento entre las hojas de los árboles centenarios. Eran las cinco de la mañana, y la niebla habitual de Nagar comenzaba a disiparse lentamente, permitiendo que los primeros rayos del sol filtraran su luz dorada sobre los techos de madera del pueblo.
En una habitación del segundo piso de una casa con jardín florecido, Daniel Aokami dormía profundamente, con una sonrisa tonta dibujada en su rostro.
—Mmm... galletas con forma de Charmander... —murmuró entre sueños, girándose en la cama y aplastando la almohada contra su mejilla.
De pronto, un peso suave se posó sobre su pecho. Daniel frunció el ceño, aún sumergido en su sueño de pastelería Pokémon. El peso se movió, acercándose a su cara. Unos pequeños toques con almohadillas peludas le rozaron la nariz.
—Meowth? —dijo una voz ronroneante y familiar.
Daniel gruñó dormido, intentando apartar la molestia con una mano floja.
—Cinco minutos más, mamá...
Pero la persistencia felina no conocía de negociaciones. Sasha, la Meowth de la familia, con su pelaje de un crema impecable y su moneda dorada brillando en la penumbra, decidió que las maneras suaves no funcionaban. Con la precisión de una cazadora, extendió sus patitas y comenzó a hacer pequeños rasguños rítmicos sobre las mejillas de Daniel.
—¡Ah! ¡Oye! —el chico se despertó de un salto, frotándose las mejillas ahora con líneas rosadas—. Sasha, ¿otra vez? Parece que te encanta despertarme como si fueras un Persian salvaje.
Sasha solo maulló satisfecha, sentándose sobre sus patas traseras con aire de superioridad. Su cola se movía de lado a lado, golpeando la manta con suavidad.
Daniel bostezó, estirando los brazos hacia el techo con un crujido de articulaciones. Sus ojos azules, todavía empañados de sueño, buscaron el reloj de pared. Las manecillas marcaban las cinco y diez.
—Tan temprano... —suspiró.
Pero entonces, como si una chispa eléctrica le recorriera la espina dorsal, recordó. Hoy no era un día cualquiera. Hoy cumplía quince años. Y hoy... era el día del campamento de Nick.
La emoción le hizo saltar del corazón contra las costillas. Se levantó de la cama con tanta prisa que tropezó con la manta enrollada en sus pies y estuvo a punto de caer de cara contra el suelo. Sasha saltó ágilmente a un lado, mirándolo con una expresión que parecía decir "humanos torpes".
—¡El campamento! —exclamó Daniel, recuperando el equilibrio—. ¡Hoy empieza todo!
Su entusiasmo duró exactamente tres segundos, hasta que su mirada recorrió la habitación buscando automáticamente una pequeña figura naranja. El rincón donde Charmy solía dormir, junto a una cesta tejida con mantas suaves, estaba vacío. La ventana entreabierta dejaba pasar la brisa de la mañana, moviendo las cortinas con suavidad.
—Charmy? —llamó Daniel, bajando la voz—. ¿Estás escondido?
Ninguna respuesta. Solo el canto de un Pidgey en el jardín.
Una leve preocupación se instaló en su pecho, pero Daniel la ahuyentó con un movimiento de cabeza. Seguramente su Charmander estaría abajo, esperándolo impaciente como siempre. Después de todo, ambos habían hablado durante noches enteras sobre este día. Sobre formar su propio equipo algún día. Un equipo que fuera más que entrenadores, que fuera... protectores.
Se dirigió al baño con paso rápido. La ducha tibia le ayudó a despejar los últimos vestigios del sueño. Mientras se secaba el cabello blanco, que se rebelaba en mechones desobedientes por más que intentaba peinarlo, sus pensamientos volaban hacia Nick, el legendario explorador. A sus historias, sus descubrimientos, su equipo de Poke-Hunters... y ahora, su campamento para jóvenes. Una oportunidad única para demostrarle al mundo la verdadera unión entre humanos y Pokémon.
—No puedo llegar tarde —se dijo frente al espejo, intentando ponerse una camisilla negra que terminó del revés—. Ni despeinado, ni con la ropa mal puesta...
Tras unos minutos de lucha con su vestimenta —camisilla negra, camisa de manga larga del mismo color por debajo, pantalones cargo oscuros—, finalmente logró verse más o menos presentable. Solo le faltaba encontrar sus calcetines, misión que resultó tan complicada como localizar un Pokémon shiny. Tras rebuscar bajo la cama, solo encontró uno, adornado con pequeños Pikachu.
—¿Dónde está tu hermano? —preguntó al calcetín solitario, como si pudiera responderle.
Sasha, que lo observaba desde el umbral, emitió un maullido que sonaba suspicazmente a risa.
—No te burles —dijo Daniel, sonrojándose ligeramente—. Tú también pierdes tus juguetes.
Decidió que un calcetín solo era mejor que ninguno, y buscó otro par sencillo en el cajón. Con sus zapatillas negras ya puestas, tomó su mochila —una mochila de explorador, gastada pero resistente, que había pertenecido a Alia en sus años de estudiante— y se dirigió hacia la puerta.
Sasha saltó a sus brazos antes de que pudiera salir, ronroneando fuerte.
—Buenos días a ti también, princesa —dijo Daniel, acariciándole la cabeza con ternura—. ¿Vienes a despedirme?
La Meowth le lamió la mejilla, justo sobre uno de los rasguños que ella misma había hecho minutos antes. Daniel rió, un sonido cálido y sincero.
—Te voy a extrañar, ¿sabes? Pero te prometo que te traeré algo bonito. Quizás... una moneda más brillante para tu frente.
Bajó las escaleras con Sasha todavía en brazos, notando el delicioso aroma a pan recién horneado que subía desde la cocina. Al llegar al comedor, la escena que se encontró le arrancó una sonrisa instantánea.
Alia, su madre, moviéndose con la gracia habitual entre la estufa y la mesa, colocando platos con tanto cuidado como si fueran piezas de cristal. Tenía el cabello castaño recogido en una coleta desordenada, y vestía un delantal con el dibujo de un Jigglypuff gordito que parecía a punto de explotar. Al escuchar los pasos de Daniel, giró hacia él, y sus ojos —del mismo azul intenso que los de su hijo— brillaron con cariño y una pizca de nostalgia.
—Buenos días, mi cielito —dijo, su voz tan suave como la seda—. Feliz cumpleaños número quince.
Daniel dejó a Sasha en el suelo con cuidado y se acercó para abrazar a Alia.
—¡Buenos días, mamita! —respondió, enterrando el rostro en su hombro por un momento—. Huele increíble.
—Son tus pancakes favoritos, con miel de Combee auténtica —dijo ella, acariciándole el cabello—. Pero no te confíes, ya veo que traes puesta la mochila. ¿Pensabas salir sin desayunar?
—Eh... —Daniel se apartó, frotándose la nuca con gesto culpable—. Es que tengo que llegar temprano, y el camino hasta el punto de reunión es largo, y...
—Y tu estómago empezaría a rugir antes de llegar a la mitad del Bosque Silente —terminó Alia, cruzando los brazos—. Siéntate. Come. El mundo puede esperar diez minutos más.
Daniel obedeció, incapaz de negarse a esa mirada que combinaba amor y firmeza en partes iguales. Mientras devoraba los pancakes —que estaban tan buenos como siempre—, su mirada recorrió la cocina. Las fotos en la nevera, los dibujos que él mismo había hecho de niño, la ventana que daba al jardín donde había jugado incontables veces con Charmy...
—No he visto a Charmy —dijo entre mordida y mordida—. ¿Salió temprano?
Alia se sentó frente a él, sosteniendo su taza de café entre las manos.
—Sí, antes del amanecer. Parecía... emocionado. Creo que quería preparar alguna sorpresa para ti.
—¿Una sorpresa? —Daniel sonrió—. Siempre hace cosas así. Recuerdas cuando, para mi cumpleaños número 12, intentó ayudar a hornear un pastel y casi incendia la cocina?
—¡Cómo olvidarlo! —Alia rió, un sonido musical que llenaba la habitación—. El pobre estaba tan avergonzado que pasó tres días escondido detrás del sofá.
Terminado el desayuno, Daniel se levantó y tomó su mochila.
—Tengo que irme, mamá. En serio esta vez.
—Espera —Alia se levantó también, y antes de que Daniel pudiera protestar, comenzó a meter cosas en su mochila con la eficiencia de una enfermera en combate—. Sándwiches para el camino. Una botella de agua. Fruta. Toallitas. Perfume, porque después de caminar tanto vas a oler a pies de Mankey. Medias limpias, por si te caes en un charco como la última vez... ¿ya tienes tu cepillo de dientes?
—Sí, mamá —Daniel intentó cerrar la mochila, que ahora estaba notablemente más abultada—. Lo tengo todo.
—Mmm... —Alia lo miró con afectuosa incredulidad—. Bueno. Solo recuerda lo que siempre te digo, mi cielo: "No se necesita ser fuerte para empezar... solo valiente para dar el primer paso."
Daniel asintió, sintiendo que esas palabras, escuchadas cientos de veces desde que tenía memoria, cobraban hoy un significado especial.
—Lo recordaré. Te prometo.
Alia lo abrazó fuerte, como si quisiera imprimir en su memoria cada detalle de ese momento.
—Cuídate mucho. Y si ves a Charmy por ahí... dale un abrazo de mi parte. A los dos les deseo lo mejor.
Sasha se frotó contra sus piernas, maullando su propia despedida.
Con un último apretón, Daniel salió por la puerta principal. El aire fresco de la mañana lo recibió, cargado con el aroma a hierba mojada y flores silvestres. Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aliento de Aurelia.
La aldea despertaba lentamente. Las casas de madera con tejados de tejas rojas se alineaban a lo largo del camino principal, sus ventanas comenzando a reflejar la luz del amanecer. En los jardines, Pokémon de todo tipo comenzaban su día. Un grupo de Pichu correteaba alrededor de un árbol, jugando a perseguirse. Un Nidoran macho olisqueaba las flores cerca de una cerca. Más allá, junto al arroyo que atravesaba el pueblo, un Psyduck miraba fijamente su reflejo con expresión confundida.
Aurelia era un lugar fuera del tiempo, un remanso de paz donde los estilos arquitectónicos de Kanto y Johto se fusionaban en perfecta armonía. Aquí, los Pokémon no vivían en Pokébolas, sino junto a sus humanos, compartiendo hogares y vidas. Era la forma en que siempre habían hecho las cosas, incluso cuando el resto de Nagar comenzó a cambiar, a volverse más urbano, más distante.
Daniel comenzó a caminar por el sendero que salía del pueblo, su mochila pesando cómodamente en sus hombros. Cada paso lo alejaba de la seguridad de su hogar y lo acercaba a la promesa de algo nuevo, algo grande. Su corazón latía con una mezcla de anticipación y esa pequeña, persistente preocupación por Charmy.
—Seguro que está en el bosque, esperándome para sorprenderme —murmuró para sí mismo, intentando convencerse—. Siempre le gustaron los gestos dramáticos.
El sendero se adentraba en el Bosque Silente, llamado así no por la falta de sonidos, sino por la calma profunda que lo impregnaba. Aquí, la luz del sol se filtraba a través de las copas de los árboles en haces dorados que iluminaban motas de polvo danzantes. El aire era más fresco, con el aroma a musgo y tierra húmeda.
Daniel caminaba a buen ritmo, tarareando una melodía sin nombre. Su mente volaba hacia el futuro, imaginando el campamento, a Nick, los otros entrenadores...
Fue entonces cuando lo escuchó.
Un sonido agudo, quebrado, que cortó la tranquilidad del bosque como un cuchillo. No era un rugido de amenaza, sino algo peor: un gemido de dolor.
Daniel se detuvo en seco, el corazón acelerándose.
—¿Charmy...? —susurró.
Sin pensarlo dos veces, abandonó el sendero principal y se adentró entre los árboles, esquivando zarzas y saltando sobre raíces retorcidas. El sonido se hacía más claro, más desesperado.
Llegó a un pequeño claro, donde la luz del sol caía en un círculo perfecto sobre la hierba. Y allí, en el centro, la escena que se desarrolló le hizo contener la respiración.
Charmy, su Charmander, estaba acorralado contra el tronco de un viejo roble por dos Stunky salvajes. Los Pokémon de tipo veneno/oscuro resoplaban, mostrando sus colmillos afilados, mientras avanzaban lentamente. Charmy intentaba mantenerse firme, pero su llama, normalmente vibrante y alta, parpadeaba débilmente en su cola, reducida a poco más que una brasa temblorosa. Tenía rasguños en sus brazos y una mirada de agotamiento puro.
—¡Charmy! —gritó Daniel, y los tres Pokémon giraron hacia él.
Los Stunky gruñeron, cambiando su atención al nuevo intruso. Charmy emitió un sonido débil, una mezcla de alivio y vergüenza.
Daniel no lo pensó. Actuó por puro instinto. Agarró una rama caída del suelo —no demasiado gruesa, pero lo suficientemente sólida— y se interpuso entre los Stunky y su amigo.
—¡Aléjense de él! —dijo, intentando que su voz sonara firme aunque el le temblará un poco la voz—. ¡No le harán daño!
Los Stunky intercambiaron una mirada, pareciendo considerar al humano torpe con su palo. Uno de ellos avanzó un paso, desafiante.
Daniel agitó la rama hacia él.
—¡Lo digo en serio! ¡Váyanse!
Por un momento, pareció que iban a atacar. Pero entonces, el Stunky más grande olfateó el aire, hizo un bufido de desdén, y finalmente, con un último gruñido de advertencia, ambos dieron media vuelta y desaparecieron entre la maleza, sus colas blancas levantadas en señal de retirada.
Daniel dejó caer la rama, respirando profundamente. Sus manos temblaban ligeramente. Se giró hacia Charmy, arrodillándose a su lado.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz ahora suave, llena de preocupación—. Déjame ver.
Charmy asintió débilmente, permitiendo que Daniel examinara sus rasguños. No eran profundos, pero el pequeño Pokémon estaba agotado.
—¿Qué hacías aquí solo? —preguntó Daniel, sacando un pañuelo limpio de su mochila y mojándolo con un poco de agua de su botella para limpiar las heridas—. Podías haberme esperado en casa.
"Charmander, char..." —respondió el Pokémon, con un tono que combinaba disculpa y determinación. Señaló con su cabeza en la dirección del campamento, luego a Daniel, y finalmente a sí mismo, trazando un círculo en el aire con su garrita.
—¿Querías... Esperarme aquí para acompañarme el resto del camino? —intentó descifrar Daniel—. ¿Para que llegáramos juntos al campamento, o querías entrenar tus habilidades?
Charmy asintió con energía, sus ojos brillando con emoción a pesar del cansancio.
Daniel sonrió, una sonrisa cálida que le iluminó el rostro.
—Eso es tan de ti —dijo, acariciando la cabeza lisa del Charmander—. Siempre pensando en los gestos simbólicos. Pero podrías haberte metido en un problema serio con esos Stunky.
Charmy bajó la cabeza, avergonzado. Pero Daniel lo levantó suavemente con un dedo bajo la barbilla.
—Oye, no estoy enojado. Solo... preocúpate más por ti la próxima vez, ¿sí? No sé qué haría si te pasara algo.
El Charmander miró a su entrenador, y en sus ojos se reflejó una comprensión profunda. Asintió lentamente, prometiendo sin palabras.
—Bueno —dijo Daniel, poniéndose de pie—. ¿Qué te parece si continuamos juntos? Como siempre debió ser.
Extendió su brazo. Charmy trepó por él con un esfuerzo, instalándose finalmente en su hombro habitual. Su llama, aunque todavía débil, parecía arder con un poco más de fuerza ahora.
Y así, compañero recuperado, Daniel retomó el camino. Esta vez, su paso era más ligero, su corazón más completo. Hablaba con Charmy mientras caminaba, señalando Pokémon que veían —un Butterfree revoloteando entre flores, un Bellsprout asomándose tímidamente desde detrás de un tronco—, imaginando en voz alta cómo sería el campamento.
—Dicen que Nick enseña técnicas de exploración que ni siquiera los mejores entrenadores conocen —comentaba Daniel—. Y que su equipo, los Poke-Hunters, han descubierto ruinas de civilizaciones antiguas que se creían perdidas. ¿Te imaginas? Nosotros podríamos hacer eso algún día. Descubrir cosas nuevas. Ayudar a Pokémon que nadie más ve...
Charmy respondía con entusiastas "Char, charmander!", agitando su pequeña garra como si ya estuviera planeando sus primeras expediciones.
El bosque se hacía más denso, la luz más filtrada. Habían estado caminando casi una hora cuando Daniel sintió algo: una presencia observándolos. No era la mirada curiosa de un Pokémon salvaje, ni la evaluación neutral de otro viajero. Esta era... calculadora. Fría.
Se detuvo, haciendo una señal a Charmy para que se callara. El bosque, de repente, pareció enmudecer. Ni el canto de los pájaros, ni el crujir de los insectos.
—¿Quién está ahí? —preguntó Daniel, intentando sonar seguro.
Desde una roza cubierta de musgo, a unos diez metros a su derecha, una figura se materializó como si hubiera estado allí todo el tiempo. Un joven, quizás uno o dos años mayor que Daniel, delgado, con cabello negro y lacio que le caía sobre unos ojos de un color morado fuerte. Vestía ropas sencillas pero impecables: pantalones negros, una chaqueta negra sobre una camisa gris. En su hombro, inmóvil como una estatuilla, se sentaba un Togepi.
Pero había algo en ese Togepi que heló la sangre de Daniel. Sus ojos, normalmente llenos de alegría inocente, estaban vacíos. Plácidos, sí, pero vacíos, como ventanas a un cuarto sin luz.
—¿Tú eres uno de esos niños que quieren "salvar el mundo"? —dijo el desconocido con voz calmada, casi burlona. No era burla exactamente, sino... pena.
Daniel sintió a Charmy tensarse en su hombro.
—Soy Daniel —respondió, manteniendo la compostura—. Y no quiero salvar el mundo. Solo quiero entenderlo. Y ayudar a personas y Pokémon que pueda.
—Y tú eres...? —Pregunto Daniel, algo inseguro.
El desconocido inclinó ligeramente la cabeza, estudiándolo.
—Daniel —repitió, como probando el nombre—. Interesante.
—Yo no soy nadie… solo el hijo de”
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