Creation Details
Prompt: Capítulo 1 — La Promesa --- Año 2097. La granja. La granja no aparecía en ningún mapa. Era demasiado pequeña para que alguien se molestara en buscarla. Un cuadrado de tierra cultivada rodeado por campos abiertos, con una casa de madera al centro que olía a tierra húmeda y a madera vieja y a algo indefinible que Marek, con sus siete años, no tenía nombre para nombrar pero que reconocía como el olor de las mañanas aquí. Esa tarde era anaranjada y tranquila. El sol bajaba despacio sobre los cultivos como si no tuviera apuro. Marek regaba las plantas con una regadera demasiado grande para sus brazos, concentrado, con la lengua asomando levemente entre los dientes cada vez que intentaba no derramar agua fuera del surco. A unos metros, Joe lo observaba desde la sombra del porche. No decía nada. No hacía nada. Solo miraba, con esas manos arrugadas descansando sobre las rodillas, con esa expresión que Marek había aprendido a reconocer sin entender del todo. No era orgullo exactamente. Era algo más tranquilo que eso. Más parecido a la satisfacción de alguien que ve algo crecer y sabe que no tiene que hacer nada para que siga creciendo. Marek levantó la vista y lo vio. Sus ojos marrones brillaron. Dejó la regadera en el suelo y corrió hacia él con la torpeza particular de los niños de siete años que todavía no saben bien cómo coordinar las piernas cuando tienen apuro. —Abuelo —dijo, con la respiración agitada—. Te voy a hacer una promesa. Joe lo miró. —¿Sí? Marek asintió con una seriedad que no correspondía del todo a su tamaño. —Te prometo que esta granja y tú van a estar protegidos por mí. —Hizo una pausa, buscando las palabras—. No voy a tener miedo de nada. El anciano guardó silencio un momento. —No tener miedo de nada es una promesa grande —dijo. —Lo sé —dijo Marek—. Pero igual la voy a cumplir. Joe lo miró durante un momento. Luego se inclinó hacia él. No para abrazarlo. Para algo más pequeño, más cotidiano, más de ellos. —Ven —dijo. Lo llevó al establo. Marek lo siguió sin preguntar, con los pies descalzos en la tierra fría del atardecer. Adentro olía a paja y a animales que no había porque Joe no tenía animales desde hacía años. El establo estaba vacío excepto por las herramientas colgadas en la pared y un banco de madera contra la pared del fondo. Joe se sentó. Marek se sentó a su lado. El anciano no habló de inmediato. Tomó una rama del suelo — una de esas que se caen de los árboles viejos cuando el viento sopla con fuerza — y la sostuvo entre sus manos arrugadas. —¿Ves esto? —dijo. —Una rama —dijo Marek. —Sí. —Joe la giró entre los dedos—. Es una rama. Puede ser muchas cosas. Puede ser leña para el fuego. Puede ser un palo para golpear. Puede ser una herramienta para alcanzar algo que está fuera de tu alcance. Marek lo miró sin entender. —Depende de lo que decidas hacer con ella —continuó Joe—. La rama no cambia. Lo que cambia es cómo la usas. Sacó un fósforo del bolsillo del overol. Lo raspó contra la madera del banco. La llama pequeña y naranja apareció entre sus dedos, temblando en el aire quieto del establo. Acercó la llama a la rama. Marek contuvo la respiración. La rama no se encendió de inmediato. La llama bailó alrededor de la corteza seca, encontrando los puntos donde la madera estaba más dispuesta a arder. Y entonces, despacio, una llama pequeña comenzó a crecer en el extremo de la rama. Joe la sostuvo entre los dos. La luz naranja llenaba el establo vacío con sombras que se movían en las paredes como cosas vivas. —El fuego —dijo Joe, con voz baja— puede calentarte en una noche fría. Puede cocinar lo que vas a comer. Puede iluminar un camino cuando no ves por dónde ir. Puso la rama en el suelo de tierra, entre los dos. La llama seguía ardiendo, más pequeña ahora, pero constante. —También puede quemar tu casa —continuó Joe—. Puede quemar el bosque entero si se sale de control. Puede hacer daño que no se puede deshacer. Marek miraba la llama. —¿Entonces el fuego es bueno o malo? —preguntó. Joe no respondió de inmediato. —Depende —dijo finalmente. —¿De qué? —De si lo controlas tú —dijo Joe— o si él te controla a ti. Apagó la llama con el pie. Un golpe seco, un poco de humo, y la rama quedó carbonizada en el suelo del establo. Marek la miró durante un momento. —El miedo es como el fuego —dijo Joe, con la misma voz tranquila de siempre—. Si lo dejas crecer sin control, te reduce a cenizas. Pero si aprendes a contenerlo... será el fuego que te dé fuerzas para caminar en la oscuridad. No lo dijo como un discurso. Lo dijo como quien comenta el clima, como quien señala una planta que ha crecido desde la última vez que la miraste. Como algo que sabía desde antes de que Marek naciera y que no necesitaba emoción para ser verdad. Marek miró la rama carbonizada en el suelo. —¿Cómo se aprende a contenerlo? —dijo. Joe se puso de pie. Le extendió la mano. —Practicando —dijo. Marek tomó la mano. Se levantó. —No tener miedo de nada —dijo Joe, mientras salían del establo— no es valentía. Es no entender lo que estás enfrentando. La valentía es tener miedo y actuar de todas formas. —¿Tú tienes miedo? —preguntó Marek. Joe se detuvo en la puerta del establo. Miró el horizonte anaranjado. Los cultivos moviéndose con el viento. La casa de madera con la luz encendida en la cocina. —Sí —dijo. —¿De qué? Joe tardó un momento. —De que este mundo no sea tan bueno como debería —dijo en voz baja—. De que las personas que no tienen nada se lo quiten a las que tienen menos. Marek lo miró. —Yo no voy a dejar que eso pase —dijo. Joe lo miró. Con los ojos de siempre. Atentos. Cálidos. Con el peso específico de alguien que ha vivido suficiente para saber que una promesa hecha a los siete años es frágil, y que es hermosa precisamente porque es frágil. —Lo sé —dijo. Y no dijo nada más. --- Tres días después. Marek estaba en el gallinero cuando llegaron. No los vio entrar. Escuchó los cacareos primero — ese sonido específico que hacen las gallinas cuando algo no está bien, cuando el espacio que conocen se llena de algo que no debería estar. Dejó la regadera en el suelo. Corrió. Los tres hombres estaban dentro del gallinero. No tenían cara de ladrones. Tenían cara de personas que hacían esto porque era lo que se hacía cuando no tenías suficiente. Uno metía huevos en un saco con la indiferencia de alguien haciendo un trámite. Los otros dos miraban hacia afuera, aburridos, como si este fuera un trabajo más antes del que sí importaba. Marek se detuvo en la entrada. Sus puños se apretaron. Recordó la promesa. —¡Déjenlos! —dijo. Su voz salió más aguda de lo que quería, pero salió—. Esta es nuestra granja. Los tres hombres lo miraron. El más alto, el del saco, bajó la vista hacia el niño de siete años parado en la entrada con los puños apretados y los ojos brillantes de algo que no era miedo todavía. Era algo anterior al miedo. El impulso de hacer algo antes de que el miedo tuviera tiempo de llegar. Sonrió. No con crueldad. Con la indiferencia de alguien que no considera al otro una amenaza real. El puntapié llegó sin advertencia. Directo al estómago. Marek salió despedido hacia atrás y cayó al suelo con un golpe seco, doblado sobre sí mismo, con las manos en el abdomen y el aire completamente fuera de los pulmones. Los tres hombres salieron sin apresurarse. Sus pasos sobre la tierra sonaron normales. Tranquilos. Como si nada importante hubiera ocurrido. Marek escuchó sus risas alejarse. Se quedó en el suelo. Primero porque el cuerpo no respondía. Luego porque algo más pesado que el dolor físico lo mantenía ahí. Las palabras volvieron solas. No voy a tener miedo de nada. Las había dicho tres días antes con total convicción. Con esa certeza particular de los niños que todavía no saben lo que cuesta cumplir lo que se promete. Ahora estaba en el suelo de su propio gallinero. Con el estómago ardiendo. Y los huevos que prometió proteger yéndose en un saco ajeno. Las lágrimas llegaron sin que las llamara. Primero por el dolor. Luego por algo que dolía más que el dolor. La impotencia tiene un sabor específico. Marek no tenía palabras para describirlo a los siete años. Pero lo reconoció de inmediato como algo que no quería volver a sentir nunca más. Se levantó con dificultad. Caminó hacia el árbol grande al lado del gallinero. No pensó lo que hizo después. Su mano se cerró en un puño. Y golpeó. El árbol se partió desde la base con un sonido seco y enorme. Las ramas superiores cayeron hacia un lado levantando una nube de polvo y hojas. El suelo tembló levemente bajo sus pies. Marek retrocedió. Miró su mano. Los nudillos no sangraban. No dolían. Pero su palma brillaba. Una energía amarilla pequeña, temblorosa, completamente inesperada, pulsaba alrededor de sus dedos como algo vivo que acababa de despertar sin saber todavía dónde estaba. Marek abrió los ojos. El miedo que llegó entonces era distinto al de los tres hombres. Más profundo. Más íntimo. El miedo de alguien que acaba de descubrir que no se conoce tan bien como creía. La energía creció. Sin que él la controlara. Sin que supiera cómo detenerla. Instintivamente lanzó la mano hacia arriba. Un destello amarillo atravesó el cielo de la tarde como un relámpago invertido y se disipó entre las nubes con un eco que retumbó sobre los campos vacíos. Silencio. Marek bajó la mano despacio. La energía había desaparecido. Su respiración era irregular. Sus piernas temblaban levemente. Se sentó en la vieja silla de madera al lado del gallinero. La que Joe había puesto años atrás para descansar entre tareas. Se quedó quieto. No lloró. El llanto había pasado. Lo que quedaba era más pesado que el llanto. Era la conciencia de que algo dentro de él no funcionaba como debía, o funcionaba demasiado bien, y que no sabía qué hacer con eso. El crujido de las botas sobre la tierra anunció su presencia. Joe apareció detrás de la granja. Vio el árbol partido. Vio a Marek en la silla. Vio sus manos. No preguntó por el árbol. Se sentó a su lado en el suelo de tierra, no en la silla, como si supiera que este momento requería estar más abajo. —¿Qué pasó? —dijo. Marek no respondió de inmediato. Miraba sus manos. Las palmas que habían brillado con una luz que no sabía explicar. —Unos ladrones —dijo finalmente—. Se metieron al gallinero. —¿Te hicieron daño? —dijo Joe. —Me patearon —dijo Marek—. Intenté detenerlos. Fallé. Joe no dijo nada. Esperó. —Te prometí que iba a proteger la granja —continuó Marek, con la voz más pequeña que antes—. Y no pude hacer nada. —No tenías que poder hacer nada —dijo Joe. Marek lo miró. —Tienes siete años —dijo Joe—. Los ladrones son tres hombres grandes. No había nada que pudieras hacer. —Pero prometí — —Una promesa no es un contrato mágico —dijo Joe—. Es una dirección. Una intención. Algo que eliges hacer con lo que tienes en el momento que la haces. Pausa. —Hoy no tenías lo necesario para cumplirla —continuó—. Eso no significa que la promesa no valga. Significa que necesitas tiempo para tener lo que te falta. Marek miró sus manos. —¿Y si nunca lo tengo? Joe lo miró. —¿Nunca vas a tener siete años? —dijo. Marek parpadeó. —Algún día vas a ser más grande —dijo Joe—. Vas a ser más fuerte. Vas a entender más. Y ese día vas a poder cumplir lo que hoy no pudiste. —¿Y si ese día también fallo? Joe sonrió levemente. —Entonces vas a tener otro día después de ese. Y otro después de ese. Y en algún punto vas a descubrir que no se trata de no fallar nunca. Se trata de levantarte las veces que haga falta. Marek no respondió. Pero algo en su postura cambió. Miró sus manos otra vez. Las mismas que habían partido un árbol. Las mismas que habían lanzado un destello al cielo. Decidió dos cosas en silencio. La primera: no le diría a Joe lo del destello amarillo. No todavía. No hasta entender qué era. La segunda: iba a aprender a controlarlo. Solo. En secreto. Durante el tiempo que hiciera falta. Joe se puso de pie. Le tendió la mano. —Ven —dijo—. Hay que ver qué gallinas siguen con huevos. Marek tomó la mano. Se levantó. Y esa noche, mientras Joe dormía, Marek miró el cielo desde la ventana de su cuarto. Las estrellas estaban donde siempre habían estado. Quietas. Sin saber que uno de los suyos las miraba desde abajo, con siete años y una promesa rota y algo amarillo durmiendo en las palmas de las manos. Pero esta vez no sentía solo la vergüenza de haber fallado. Sentía también la certeza de que algún día no iba a fallar. Y esa certeza, pensó, era lo que Joe quería decir con el fuego que ilumina en lugar de quemar. Cerró la mano sobre la palma vacía. El calor no había vuelto. Pero sabía que estaba ahí. que el niño tiene su cabeza redonda y un pequeño mechon negro en su calva
Art Style: Mini Cute
Color Mode: Full Color
Panels: 2
Created: