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- #1“El brillo de la pantalla LED era la única fuente de luz que rompía la penumbra de la habitación. Fuera, la noche se caía a pedazos en medio de una tormenta eléctrica que hacía vibrar los cristales de la ventana, pero para Jotaro, el estrépito de los truenos reales no era más que ruido de fondo. Su verdadero mundo estaba al otro lado del cristal de sus gafas. Dentro de Soomeslan, él no era el chico de dieciocho años que agachaba la cabeza en los pasillos de la preparatoria, aquel que tartamudeaba cuando el profesor lo llamaba a la pizarra o que se sentaba solo a almorzar en la esquina más apartada del patio. No. Detrás del teclado y el mouse, él era el Capitán de la facción de élite más respetada del servidor: los Raptor. A sus manos, el Ángel Máquina de color rojo, azul y amarillo se movía con la fluidez de un relámpago. En la pantalla, el mecha empuñaba su espada y su escudo con una velocidad tan absurda que para un espectador casual habría sido imposible seguirle el rastro. Era pura energía cinética. —Solo un poco más... —murmuró Jotaro para sí mismo, acomodándose las gafas con el dedo índice, sintiendo el sudor frío en las yemas de sus dedos—. Un último golpe y el trofeo definitivo será mío. El logro más alto de todo el maldito juego. En el chat de voz, el silencio de la noche se rompía con las risas y las estrategias de sus compañeros. Aunque solo se conocían a través de píxeles y cables, para Jotaro eran lo más parecido a una familia. Podía imaginárselos a todos en sus posiciones de combate. Sara, fría y calculadora, ajustando la mira de su mecha azul y amarillo, lista para soltar un proyectil plateado que perforaría el cráneo de cualquier monstruo a kilómetros de distancia. Yoto, el samurái del grupo, encendiendo los propulsores de su unidad roja y negra, ansioso por demostrar la velocidad de su hoja de tres filos. Un poco más atrás, Yuko, la guerrera inquebrantable, blindaba la retaguardia con su mecha morado y rosa, danzando con su lanza traviesa dispuesta a empalar a cualquier amenaza que intentara flanquearlos. Tochi, en su colosal titán negro y plateado llamado Toris, ya tenía los sistemas de fijación listos para soltar una ráfaga de lanzamisiles capaz de borrar del mapa a tres Kirotes gigantescos a la vez. Y, por último, Chichune, cuyo mecha verde y gris acumulaba estática en sus dos armas, desatando rayos que encadenaban y electrificaban a las hordas enemigas. Eran perfectos. Juntos, eran invencibles. Pero esa era la fantasía del juego. En la realidad, Jotaro sabía que al apagar la computadora, volvería a estar completamente solo en su habitación. —Me pondré otra vez bien los lentes para jugar... y terminar esto de una vez por todas —se dijo, ignorando el rugido de un trueno que sonó demasiado cerca. La barra de vida del jefe final de la incursión estaba al 1%. El mecha de Jotaro alzó la espada, envuelto en un aura que emulaba un rayo cayendo del cielo. El juego se veía jodidamente increíble, los gráficos rozaban el fotorrealismo. Entonces, el mundo se volvió blanco. No fue el juego. Fue un estallido ensordecedor que hizo retumbar los cimientos de la casa. Un rayo masivo impactó directamente contra la antena del techo, viajando a través del cableado en una fracción de segundo. La descarga eléctrica no apagó la computadora; la hizo estallar en una sobrecarga de luz azulada que envolvió por completo el cuerpo de Jotaro. El dolor fue instantáneo, pero duró un parpadeo. De inmediato, una extraña fuerza de gravedad comenzó a succionarlo hacia el centro de la pantalla, como si el espacio mismo se estuviera rasgando. Lo último que escuchó Jotaro antes de perder el conocimiento fue el pitido ensordecedor de los sistemas informáticos fundiéndose. Cuando Jotaro abrió los ojos, lo primero que registró su cerebro no fue el techo de su habitación, sino un cielo cubierto por nubes densas y cenicientas, teñidas de un color violáceo extraño. El olor a ozono, metal quemado y tierra húmeda inundó sus fosas nasales. Inte”
- #2“De inmediato, una extraña fuerza de gravedad comenzó a succionarlo hacia el centro de la pantalla, como si el espacio mismo se estuviera rasgando. Lo último que escuchó Jotaro antes de perder el conocimiento fue el pitido ensordecedor de los sistemas informáticos fundiéndose. Cuando Jotaro abrió los ojos, lo primero que registró su cerebro no fue el techo de su habitación, sino un cielo cubierto por nubes densas y cenicientas, teñidas de un color violáceo extraño. El olor a ozono, metal quemado y tierra húmeda ”
Art Style: Mecha Sci-Fi
Color Mode: Full Color
Panels: 2
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