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Prompt: “Bajo el cerezo
Kai no lo vio irse.
No habría podido, aunque lo hubiera intentado. Sus ojos—esos ojos marrones que su madre decía que eran iguales a los de su abuela—estaban demasiado ocupados mirando el cuenco de arroz que sostenía entre las manos.
El vapor ya no subía. La comida se había enfriado hacía rato, pero él no había podido dar el primer bocado. Cada vez que acercaba los palillos, algo en su garganta se cerraba. Algo que no tenía que ver con el hambre.
Su madre solía prepararle el arroz así.
El recuerdo llegó sin pedir permiso, como siempre. Su madre en la cocina de su casa—esa casa que ya no existía, no para él—con las mangas recogidas y el cabello atado en un pañuelo. Canturreaba mientras cocinaba, melodías viejas que su propia madre le había enseñado. El vapor subía de las ollas y empañaba sus mejillas, y ella se las limpiaba con el dorso de la mano, dejando una estela de harina en su piel.
Le servía el arroz primero a él. Siempre a él.
"Mi guerrero", le decía, y le revolvía el cabello con dedos que olían a jengibre y a amor. "Come bien, mi guerrero. Tienes que crecer fuerte."
Kai apretó el cuenco.
Las lágrimas cayeron.
Primero una, solitaria, que resbaló por su mejilla y se estrelló contra el arroz con un sonido que solo él pudo oír. Luego otra. Y otra. Y otra. Hasta que su rostro fue un mapa de surcos brillantes bajo la luz de la luna, y el arroz empezó a absorber el agua salada que no debía estar allí.
Sus hombros se sacudieron.
No hizo ruido. Había aprendido a no hacer ruido. Su padre decía que los hombres no lloraban, que llorar era de débiles, que si iba a ser un guerrero debía tragarse las lágrimas como se traga el orgullo. Pero su madre—su madre le decía otra cosa.
"Llorar no te hace débil, mi guerrero. Te hace humano."
Y ella ya no estaba.
La habían enterrado hacía un mes. Bajo una lápida de piedra gris que Kai no había podido visitar desde que lo enviaron a la capital. No sabía si alguien le llevaba flores. No sabía si su padre—ese hombre que la había golpeado hasta que dejó de respirar—se había molestado en fingir duelo.
Solo sabía que ella ya no estaba.
Y que él estaba solo, bajo un cerezo que no era el de su casa, comiendo un arroz que no sabía a nada porque el sabor lo ponía él, y él ya no tenía nada que poner.
—Te extraño, mamá.
La voz salió rota. Pequeña. Tan distinta a los gruñidos que soltaba cuando peleaba, a las palabras afiladas que escupía cuando alguien se le acercaba demasiado. Era la voz de un niño de doce años que había tenido que crecer demasiado rápido y que ahora, en la oscuridad de un patio vacío, se permitía ser solo eso.
Un niño.
Las lágrimas siguieron cayendo. El arroz se enfrió del todo. La luna se movió un palmo en el cielo.
Kai no se movió.
Y en algún lugar de la residencia, en una habitación pequeña que daba al jardín de las camelias, Ishitsugu se acostó en su futón y miró el techo de madera oscura.
No pensó en Kai.
No conscientemente.
Pero la imagen de esos hombros temblorosos, de ese cuenco inclinado, de ese llanto silencioso que no pedía ser visto—se quedó en algún rincón de su mente. Como una semilla que aún no sabe qué va a crecer, pero que ya ha encontrado tierra donde arraigar”
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