Creation Details
Prompt: “La nieve no paró en tres días. El Enjambre Clase Alta que cruzó el sello del Monte Takao no era uno solo. Eran treinta y siete. Ojos Lamentables, pero evolucionados. Ya no eran del tamaño de perros. Eran del tamaño de caballos, con patas de araña hechas de hueso y bocas que lloraban sangre. El sello del templo los frenó dos noches. A la tercera, lo rompieron.
Hoshira no dejó que Takashi saliera. “Si mueres aquí, el muro no se cierra nunca”. Se fue solo, con su haori raído y una katana que ya tenía mellas de 20 años de uso. Takashi y Kenji escucharon desde el salón del mural. Escucharon los gritos. No humanos. De los demonios. Escucharon el acero cortando carne. Escucharon explosiones de Oscuridad Divina que hicieron temblar el techo y caer polvo de 200 años. Duró cuatro horas. Cuando el silencio volvió, Hoshira regresó. Arrastrando la pierna izquierda. La tenía al revés desde la rodilla. El brazo derecho le colgaba solo por tiras de músculo. Su katana estaba partida a la mitad. Pero en su cinturón traía 37 núcleos de demonio, cristalizados. Había matado a todos. Solo.
Se desplomó frente al mural. “Treinta y siete... y no era ni el saludo del Rey”. Escupió sangre negra. “Nos está probando. Quiere ver si ya hay un décimo”. Miró a Takashi. “No lo hay. Todavía no”. Esa noche, _Mirei Shinokawa_, la Pilar de Regeneración Vital, llegó al templo. No tocó la puerta. Apareció en una neblina de energía verde. Mujer de 30 años, con ojeras de no dormir en una década y manos llenas de cicatrices de tanto remendar gente. No saludó. Puso las manos sobre Hoshira y el salón se llenó de olor a hospital y a bosque. Los huesos de Hoshira crujieron para volver a su lugar. La carne se tejió sola. Duró una hora. Cuando terminó, Mirei tenía la piel gris y le temblaban las manos. “Va a vivir. Va a cojear tres meses. No puede pelear”. Miró a Takashi una sola vez. “Así que tú eres el cachorro. No te mueras. Odio desperdiciar energía”. Y se fue como llegó, en neblina.
Takashi no durmió en una semana. Si Hoshira, con 20 años de experiencia, casi muere contra el “saludo” del Rey, ¿qué le esperaba a él? El miedo era Oscuridad Maldita pura. La sentía en el pecho, caliente, ofreciéndole poder. “Déjame salir y no volverá a pasar”. La rechazó. Se encerró a entrenar el equilibrio de las velas 18 horas al día. Blanca y negra. Blanca y negra. Kenji le dejaba comida en la puerta. No se hablaban.
Al día 40, Hoshira ya podía caminar con bastón. Lo mandó llamar. “Ya estuvo bueno de esconderse. Si el Rey te quiere probar, vamos a darle una prueba. Empieza la _Caza de Oscuridades Malditas_”. Le explicó: Tokio está dividido en sectores. Cada sector tiene nidos. Demonios menores que nacen de suicidios, de asesinatos, de la desesperación. Si no los limpias, se juntan y forman un Enjambre. Si un Enjambre come suficiente, evoluciona a Clase Alta. Si una Clase Alta come suficiente, puede volverse Clase Rey. “El Rey Demonio no nació Rey. Lo hicieron. Vamos a podar su jardín antes de que coseche otro”.
Le dio un equipo. No de élite. De descarte. Tres cazadores rango C. _Aiko_, una chica de 19 que usaba Oscuridad Divina para hacer escudos, pero lloraba después de cada pelea. _Jiro_, un tanque de 25 que solo sabía prender su katana en fuego y gritar. Y _Ren_, 17, flaco, que no tenía poder pero era rastreador. Su nariz sangraba cuando había un nido cerca. “Ellos son tu escuadrón. Si no puedes mantener vivos a tres C, no mereces el muro”.
La primera caza fue en Suginami. Un edificio de departamentos abandonado. Dentro había 14 Ojos Lamentables y un _Aullador_. Los Aulladores son el siguiente paso. Tienen cuerpo humanoide, sin piel, y gritan tan fuerte que te revientan los tímpanos. El plan era simple: Aiko pone escudo, Jiro distrae, Ren marca al Aullador, Takashi lo mata con Resplandores.
Salió mal. Takashi se congeló. Cuando activó los Resplandores, vio los hilos negros conectando a los Ojos con el Aullador. Vio el miedo en el corazón de Aiko. Vio el pasado del Aullador: había sido un asalariado que se tiró del techo hace dos meses por deudas. Ver todo eso lo paralizó medio segundo. Suficiente para que el Aullador rompiera el escudo de Aiko de un grito. Jiro se le lanzó encima y el Aullador le arrancó el brazo izquierdo de un mordisco.
La Oscuridad Maldita en el pecho de Takashi aulló de placer. “¿Ves? Por dudar. Déjame salir”.
No la dejó. En lugar de eso, pensó en Kenji. En que si Jiro moría, alguien más tendría un hermano arrodillado en la nieve. Activó los Resplandores, pero no apuntó al Aullador. Apuntó a los hilos. Cortó las 14 conexiones de un movimiento. Los Ojos Lamentables cayeron al suelo, muertos, sin que nadie los tocara. El Aullador, sin su fuente de poder, se quedó seco un segundo. Suficiente para que Takashi le metiera la katana de Hoshira por la boca hasta la nuca.
Misión cumplida. Un brazo perdido. Aiko no dejó de vomitar en dos horas. Ren no habló en tres días. Hoshira, cuando recibió el informe, solo dijo: “Tres vivos. Aprobado. Siguiente nido, mañana. Ikebukuro”.
Así fueron seis meses. Nido tras nido. Shibuya, Ueno, Asakusa. Takashi aprendió a no congelarse. Aprendió que Aiko era más útil si no la hacía pelear de frente. La puso a cubrir a Ren mientras rastreaba. Aprendió que Jiro, con un brazo mecánico que le puso la Orden, peleaba mejor enojado. Lo insultaba antes de cada pelea. Aprendió a usar los Resplandores 8 segundos sin sangrar. Aprendió a cortar hilos en lugar de cuerpos. Se volvió eficiente. Frío. Los cazadores rango C de otros escuadrones empezaron a llamarlo “El Cachorro del Pilar”. No era cumplido. Era miedo.
Kenji lo veía cambiar. Ya no era el hermano que vendía leña. Ahora limpiaba su katana mientras desayunaba. Hablaba de “tasas de purificación” y “densidad de maldición por kilómetro cuadrado”. Una noche, Kenji lo confrontó en su cuarto del templo.
“Te estás volviendo como él”, le dijo. “Como papá antes de morir. Hablas solo de demonios. Ya no me preguntas si comí”.
Takashi no lo miró. Estaba afilando la katana. “Si no hablo de demonios, tú te mueres. Prefiero que me odies vivo a que me llores muerto”.
Kenji se fue. Esa noche no durmió en el templo. Takashi sintió la Oscuridad Maldita ronronear. “¿Ves? Todos se van. Solo quedamos tú y yo”.
El mes siete, la Orden los mandó a purgar el Metro de Oedo. Informes decían “actividad Clase Alta”. Hoshira aún cojeaba. No podía ir. “Si es Clase Alta real, retírense. Esa no es su liga”.
No se retiraron.
En el túnel 4, entre las estaciones de Roppongi y Azabu-juban, lo encontraron. No era un Enjambre. Era uno solo. Tres metros. Vestía un traje negro como de oficinista, pero estaba hecho de sombras sólidas. No tenía cara. En lugar de cabeza tenía una esfera de espejos rotos, y en cada fragmento se reflejaba una muerte distinta. Hoshira les había hablado de ellos en clase teórica. _Espectro de Rango Superior_. Demonio Clase Alta. Nombre clave: _El Contador_. Aparece donde hay mucha desesperación financiera. Cuenta las vidas que arruina.
Aiko se meó encima del miedo. Jiro se le lanzó gritando. El Contador no se movió. Uno de los espejos de su cabeza brilló. Jiro se detuvo en el aire, como si chocara con una pared. Luego su brazo mecánico se dobló al revés, con todo y hueso real adentro. Gritó. El Contador no había tocado nada.
“Registra”, dijo el Contador. Su voz era como mil calculadoras sumando. “Saruma. Linaje no extinto. Posesión de Resplandores Oculares confirmada. Amenaza para el balance. Directiva del Rey: evaluación de campo”.
Takashi entendió. No era una caza. Era una prueba. El Rey Demonio los mandó.
“Ren, saca a Aiko y a Jiro. ¡Ya!”, gritó Takashi. Ren no discutió. Cargó a Jiro sin brazo y arrastró a Aiko que estaba en shock.
Quedaron solos. Takashi y el Contador. 300 metros de túnel oscuro.
“Evaluación inicia”, dijo el demonio. Levantó un dedo. Todos los espejos de su cabeza apuntaron a Takashi. En cada uno, Takashi se vio morir. Quemado. Ahogado. Cortado en pedazos. Desangrado por los Resplandores. Viejo y solo. “Tu destino tiene 1,047 variables. En 1,046 mueres antes de los 20. En una, vives. Para convertirte en él”. En un fragmento, Takashi se vio con el pelo totalmente blanco, con el haori del Décimo Pilar, parado sobre una montaña de cadáveres de demonios... y de humanos.
El frío en el pecho de Takashi se volvió fuego. La Oscuridad Maldita gritó: “¿Lo ves? ¡Para vivir tienes que ser eso! ¡Acéptame y rompo sus espejos!”
El Contador atacó. No se movió. La realidad se dobló. El aire frente a Takashi se volvió papel y algo intentó “restarlo” de la existencia. Takashi activó Resplandores por instinto. Vio el ataque. No era físico. Era conceptual. Un borrado. Cortó el concepto con la katana imbuida en Oscuridad Divina. El ataque se deshizo. Pero sangró por la nariz. 8 segundos. 7. 6.
“Interesante. Usas Divina para negar. Ineficiente. Consume 3.7 veces más energía que destruir”. El Contador levantó dos dedos. Dos borrados vinieron. Takashi cortó uno. El otro le rozó el hombro izquierdo. No hizo herida. Hizo que su hombro “olvidara” cómo existir. El brazo se le quedó muerto, colgando. No había dolor. Había nada.
5 segundos. 4.
Takashi se rió. Por desesperación. “¿3.7 veces más? Me vale verga tu matemática”. Hizo lo que Hoshira le prohibió. Dejó de equilibrar. No eligió Divina. No eligió Maldita. Agarró las dos velas de su mente y las estrelló entre sí.
La Oscuridad Maldita y la Divina se negaron a mezclarse. Pelearon dentro de él. Sintió que cada vena se le llenaba de vidrio molido. Tosió sangre negra y blanca. Los Resplandores no se volvieron azules ni negros. Se volvieron transparentes. Por 3 segundos, pudo verlo todo. Los hilos del Contador. Los hilos del túnel. Los hilos de la ciudad entera arriba. Y el hilo que conectaba al Contador con algo más grande, lejos, bajo tierra. El Rey Demonio.
Se movió. No rápido. Inevitable. Como la gravedad. Pasó a través de los borrados del Contador como si no existieran. Le puso la mano en el pecho de traje de sombra. No lo atacó. Le metió su propio conflicto dentro. Luz y oscuridad peleando en estado puro.
El Contador no gritó. No podía. Todos los espejos de su cabeza mostraron lo mismo por primera vez: estática. Luego se quebraron. Todos. “Error... variable... no... contabilizada...”. Su cuerpo de sombra se deshizo en números que cayeron al suelo y se evaporaron.
Takashi cayó de rodillas. Vomító más sangre. Blanca, negra, roja. Todo junto. El brazo muerto le volvió a doler. Buena señal. Estaba “recordando” que existía. Miró su mano. Temblaba. Había usado 3 segundos de algo que no tenía nombre. Y sabía que si usaba 4, moría.
Ren volvió corriendo. “¡Takashi! ¡Hoshira viene! ¡Los sensores marcaron una explosión de energía Clase Rey aquí abajo!”
Hoshira llegó cojeando, con otros dos cazadores. Vio el túnel. No había marcas de pelea. Estaba... limpio. Demasiado limpio. Como si ese pedazo de realidad hubiera sido formateado. Vio a Takashi tirado, sangrando dos colores.
“¿Qué era?”, preguntó Hoshira.
“Contador”, jadeó Takashi. “Rango Superior. Me dijo... que el Rey me está evaluando”.
Hoshira no dijo nada por un minuto. Solo miró a los otros cazadores. “No pasó nada aquí. Clase Alta renegado. Lo mató el escuadrón en conjunto. ¿Entendido?”. Los cazadores asintieron. Mentir en informes era traición. Hoshira acababa de cometer traición por él.
Cargó a Takashi en su espalda. “3 segundos, ¿verdad? Lo vi en tus ojos. El vacío”. No era pregunta. “La próxima vez que lo uses sin mi permiso, te mato yo mismo. ¿Entendido, décimo?”
Fue la primera vez que Hoshira lo llamó así. Décimo.
La recuperación duró dos semanas. Mirei Shinokawa volvió a curarlo. Esta vez no dijo nada. Solo lo miró con pena mientras le tejía el alma. Kenji volvió al templo el día 10. No habló con Takashi. Le dejó una bola de arroz en la mesita y se fue.
Takashi entendió el mensaje. Ya no era su hermano. Era el candidato a Décimo Pilar. Y los Pilares no tienen familia. Tienen territorio.
El día que le dieron de alta, Hokage, el Líder Supremo, lo mandó llamar. Primera vez que Takashi veía al Pilar 1. No estaba en el templo. Estaba en la cima de la Torre de Tokio, mirando la ciudad nevada. No se giró.
“El Rey Demonio se está moviendo”, dijo Hokage. Su voz no era fuerte. Era vieja. Cansada. “Mataste a su Contador. Ahora va a venir él en persona. No a evaluarte. A reclutarte o a matarte”. Por fin se giró. Era un anciano de 70 años, con el haori del Líder Supremo. Pero sus ojos... sus ojos eran Resplandores Oculares. Apagados, viejos, pero los mismos. “Yo fui el Noveno Pilar antes de ser Hokage. También fui Saruma. Primo lejano de tu padre. El último que tuvo tus ojos antes que tú”.
Takashi se quedó helado.
“La Sombra Antigua no quiere matarte, niño. Quiere que ocupes la base vacía. Porque el Décimo Pilar no defiende a la humanidad. El Décimo Pilar abre la puerta para que la Sombra Antigua salga”. Miró a Tokio. “El fundador lo supo. Por eso borró el nombre del Décimo de la historia. Por eso solo puso nueve figuras en el mural”.
Se acercó a Takashi. “Hoshira cree que puedes ser diferente. Yo creo que todos decimos eso hasta que la oscuridad nos ofrece a nuestros muertos de vuelta”. Puso una mano en el hombro de Takashi. Pesaba como una montaña. “Tienes seis meses. El Rey Demonio viene para el solsticio de invierno. Para entonces, o controlas los dos lobos, o yo te mato antes de que él te hable. ¿Entendido, décimo?”
Takashi no contestó. No podía.
Esa noche, en su cuarto del templo, no prendió las velas. Se sentó en la oscuridad. La Oscuridad Maldita en su pecho ya no susurraba. Esperaba. Paciente. Sabía que su momento llegaba.
Afuera, la nieve siguió cayendo sobre Tokio. Gris. Pesada. Pudriéndose al tocar el suelo.
Y muy abajo, bajo la ciudad, algo que llevaba 200 años durmiendo, abrió un ojo sin pupila. Porque había oído el nombre “Saruma” otra vez. Y tenía hambre.”
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